La nieve que lo ensordece todo también silencia la herencia de lo callado y de aquello que se pretende olvidar someramente, pero los nudos en el pecho son difíciles de deshacer. Ese manto hay que removerlo de vez en cuando para devolver al presente lo que se supone superado, aquello que abre las heridas que han cerrado mal; esas que, en el interior, duelen de vez en cuando, de manera latente, y que, cuando no se curan como corresponde, pudren lo que encuentran a su paso.
En La bola negra, Javier Ambrossi y Javier Calvo tienen la intención de hacer una película para todos los públicos, con vocación popular, pero sin renunciar a ese manto descubierto. Con el objetivo de que se vuelvan a escuchar los lamentos del pasado, conectándolos con el presente mediante tres historias situadas en tres épocas distintas y en reconocimiento al legado de Federico García Lorca. Al estilo de Las horas, de Michael Cunningham, donde se homenajeaba a La señora Dalloway, de Virginia Woolf, y que dividía su narración entre la historia de la propia escritora cuando concebía la novela, una lectora que se planteaba su presente mientras la leía y una versión ficcionada del propio personaje principal, y que después fue adaptada al cine por Stephen Daldry. El juego de estructura en tres líneas temporales, con un nexo entre ellas, funciona aquí de la siguiente manera: en 2017, Alberto, un historiador investiga sobre un suceso del pasado; en 1937, Sebastián, un soldado custodia a un rehén enemigo herido en el frente hasta su juicio; y en 1932, Carlos, un joven de la burguesía granadina, intenta entrar en el exclusivo club del casino de la ciudad. Todo ello enriquecido con las páginas de La piedra oscura, de Alberto Conejero, que profundiza en el relato central, el que se ubica en la conexión que nace entre el soldado y Rafael Rodríguez Rapún, amigo y (posible) último amor de Federico García Lorca.

Todo este engranaje narrativo también se alimenta de La bola negra, la obra inacabada de Lorca, de la cual se conservaron únicamente cuatro páginas y que tenía al primer personaje protagonista homosexual de la obra del dramaturgo. La complejidad estructural de la propuesta de Los Javis encuentra su esplendor en la conexión entre las tres líneas temporales, que, si bien al principio tarda en situarse y el espectador se encuentra a ratos expectante al respecto, después satisface el objetivo de manera muy lograda, incluso con un afán demasiado intencionado por redondear el conjunto, sin dejar flecos a la vista.
Es una cinta marcada por el empeño de construir escenas únicas con el objetivo de ser icónicas. Desde un comienzo espectacular que apabulla, La bola negra te sitúa en el horror y pone toda la carne en el asador; sorprende, de igual manera, que, a medida que avanza, parece detenerse para crecer poco a poco dejando la sensación de que Javier Ambrossi y Javier Calvo se esforzaran en un ejercicio más contenido que en anteriores trabajos y que, al final, levanten el vuelo hasta conseguir que el largometraje también esté aupado por la consecución de un clímax memorable, que apenas deja respirar a las tramas, pero que tiñe al conjunto de una emotividad muy buscada y, también, muy satisfactoria. Es a partir de una revelación cuando se produce la magia y una de las líneas argumentales empieza a desarrollarse de una forma lírica, casi onírica, y los protagonistas empiezan a comportarse como si partieran de una poesía, con otros ademanes. Es impresionante cómo incorporan ese lenguaje a la pantalla de manera tan abrupta y que consigan que el espectador lo reciba como algo orgánico y, a la vez, mágico.

El filme evidencia además la personalidad de Los Javis, unos directores que de manera tenaz y obsesiva han logrado que su filmografía sea una suerte de imaginario colectivo queer a través de la cultura pop, con personajes que exprimen como propios y que (es indiscutible), están consiguiendo plasmar con un éxito que se antojaba difícil cuando piensas en la conexión que tienen hoy día con un público de masas con historias como las de Paquita Salas, serie que comenzó como un proyecto de nicho y fue encontrando a sus espectadores hasta convertirse en una serie de culto de la que la audiencia sigue pidiendo una cuarta temporada; Veneno, revisitación pop de la biografía de Cristina Ortiz; o La Mesías, su serie más ambiciosa hasta la fecha. Parece mentira que La bola negra sea solamente su segunda película, tras llevar al cine su obra de teatro La llamada, que nació en el hall del Teatro Lara y después se fue transformando en un pequeño fenómeno que terminó siendo su ópera prima. El crecimiento como directores ha sido absolutamente exponencial y ahora, con La bola negra, el techo cada vez está más alto.
Su trabajo se obceca en dejar su impronta, sin renunciar en ningún momento a ser ellos mismos, convirtiendo lo que aparentan ser sus flaquezas en la mayor de sus fortalezas. Eso que siempre se han obstinado en verbalizar: convierte tus defectos en los rasgos de tu personalidad, en aquello que te diferencia de los demás y que te hace único. Aquí está la inevitable sensación de su empeño por emocionar, el gusto por lo hipertextual, su tendencia hacia lo sensible, su ambición y la rotundidad de intentar hacer la película definitiva de la memoria gay en España. Más allá de su ambición temática, la cinta está plagada de referencias que aparecen en la composición de imágenes y secuencias ya inolvidables. Esa apertura, que nos hace acordarnos de Los santos inocentes, de Mario Camus; el rompecabezas de La mala educación, de Pedro Almodóvar, un director al que nombran explícitamente y al que homenajean en una escena que evoca a La flor de mi secreto de manera evidente; las escenas de la playa que nos llevan a Sebastiane, clásico gay de Derek Jarman; Beau Travail, de Claire Denis; o la mismísima Titanic, de James Cameron.
Abarcando sensibilidades distintas y vocaciones también diversas que abrazan lo cinematográfico y lo más popular, lo colectivo, que aquí funciona como evocación plural, y lo íntimo, que plasman en el deseo. Es imposible no percibir conmocionados la sorpresa del autodescubrimiento de Sebastián, contemplar sus ojos enjuagados en esas lágrimas por primera vez, lejos de su propia represión o de la censura que imponía la sociedad en la que vivió; la fascinación que le provoca descubrir, en el peor de los escenarios, otras realidades, representadas mediante el personaje de Nené Romero y esa frase que pronuncia, ya para el recuerdo, y que le impulsa a cambiar su rumbo vital. Es irremediable emocionarse con la catarsis que vive Carlos en el tablao flamenco, escondiendo su mirada bajo su flequillo con la raya en medio, o mientras Alberto recoloca las piezas del puzle, entendiendo sus propios traumas y los de la vergüenza que conlleva esa bola negra, que pesa sobre la comunidad homosexual en nuestro país.

La cinta bucea de manera profunda y, a la vez, flota de manera ilesa en la superficie, sin dejar nada implícito: todo lo que se proponen está manifestado en pantalla, a veces abusando un poco de la literalidad y otras dejando un mínimo espacio a la polisemia de unos subtextos que están excesivamente explicados en el guion y que también saben buscar soluciones visuales que se antojan atrevidas y muy bien construidas, como ese preludio, con el protagonista escalando por las flechas de la figura de San Sebastián; la cúpula del casino de Granada; o los esquiadores de la nieve, figuras visuales que ya son historia del cine español. También hay que aplaudir la valentía de que el largometraje guarde momentos de homoerotismo, incluyendo rotundos desnudos masculinos explícitos, aunque se eche de menos cierta crudeza y esté aliñado con algo de fantasía sublimada. También está presente el dolor de la guerra y un romanticismo que anteriormente no había sido invitado a todas las fiestas. Me gusta mucho cómo establece lo prohibido y lo negado en forma de pasado y cómo, en el presente, reflexiona sobre el desgaste de una pareja, explorando una crisis sentimental de manera velada y mostrando diferentes maneras de vivir el amor fuera de la heteronorma con otros modelos de relación. Todo ello mientras, según han contado ellos mismos, descubrían que su relación estaba rota y vivían su separación durante el rodaje, añadiendo así una capa más de épica a la filmación de La bola negra.

Para ello, La bola negra se nutre de un variado y entregadísimo reparto ensamblando estilos interpretativos absolutamente distintos. Cada uno de ellos funciona aportando exactamente lo que necesitan los personajes en esta amalgama que parece improbable y termina siendo absolutamente sólida. Guitarricadelafuente y sus ojos de ciervo, de pestañas imposibles, aportan una ternura y un ángel a su papel que, si bien alguna reacción evidencia que se trata del primer trabajo interpretativo del cantante, termina por convencer como un acierto total de elección de casting. Milo Quifes tiene la dificultad de mostrar la angustia de su personaje, y su fisicidad y energía son perfectas para el papel. Carlos González sorprende con una contención desprovista del gracejo habitual con el que suele componer sus trabajos y le da una profundidad y entidad compleja y difícil bordando su personaje, ya que su Alberto es uno de esos roles bisagra que sirve de engranaje en las historias, ese tipo de figuras que casi suponen un recurso narrativo y a las cuáles es complicado darle identidad aparentando ser menos lucidas. Miguel Bernardeau muestra una vulnerabilidad inédita en su carrera y una química con su partenaire que lleva a momentos realmente emotivos.
Y en la galería de secundarios sería imposible nombrarlos a todos, pero hay que mencionar a Penélope Cruz, en su papel de cabaretera madrileña al estilo Ay, Carmela. Es impresionante cómo puede componer el personaje con tan poco tiempo en pantalla, aportándole un bagaje palpable, y lo inteligentes que han sido los directores al utilizar su presencia y luz para darle el foco durante sus minutos de metraje; también a Lola Dueñas, como un torbellino siempre a punto de explotar; o a Mona Martínez, con esa voz aguardentosa que canaliza otro de los temas del largometraje, la violencia contra los débiles, o funcionando de manera omnisciente como La nieve: un personaje tan lorquiano que en su carácter de ensoñación impera su lema del aquí y del ahora. A Yenesi, que sirve como alivio cómico y desengrasa la propuesta en cada aparición, o incluso una Glenn Close evocando a Ian Gibson como una hispanista que sabe devolver el reflejo de los españoles desde su foránea percepción de lo difícil que nos resulta hablar de nosotros mismos y de lo que debemos hacer con nuestra identidad cultural. Pequeños personajes o cameos que alimentan la pluralidad de miradas y de pequeños momentos donde deleitarse mientras ves la cinta.

Más allá del éxito, el impacto y el fenómeno, La bola negra es una obra que técnicamente supone uno de los hitos de nuestro cine, con un empaque y una monumentalidad pocas veces vistos. El trabajo de Gris Jordana como directora de fotografía tiene momentos de belleza epatantes. Raül Refree ha hecho un trabajo con la banda sonora impecable, adaptando canciones como Soldadito español o el Zorongo gitano de manera deliciosa, creando pasajes musicales mediante instrumentos de viento, acompañando la catarsis de la trompeta del personaje de Guitarricadelafuente, o aportando un esplendor en los momentos finales arrollador que da un valor artístico al conjunto que resulta incuestionable.

Hay pequeñas sorpresas en este ejercicio de ficción que han creado Ambrossi y Calvo para La bola negra, guiños y personajes clave nombrados para evitar que caigan en ese olvido que se pretende. Lo que no se cuenta no existe; sin estos ejercicios de imaginario colectivo no hay una red para salvaguardarnos. Hay que agradecer que esta cinta sea importante y que tenga una visibilidad total y atronadora. Ojalá llegue para unirnos a todos como una celebración, demostrando la importancia del poder de las historias y de transmitirlas de una generación a otra, y que precisamente lo haga en este momento social actual, aunque tengamos que escuchar el acecho del ruido de otros fuegos artificiales, aquellos que dejan al silencio desnudo tras los destellos de las luces que deberían iluminarlo todo y, a veces, alumbran, antes y ahora, solo a algunos.
CHEMA LÓPEZ.
