RESEÑA: LA ÚLTIMA PRIMAVERA.

Los márgenes.

En 2017 se firmó un Pacto Regional por La Cañada Real. La Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de las poblaciones aledañas a este lugar acordaron dicho pacto con el objetivo de una mejora del enclave y de realojar a las familias que habitaban el lugar. Se entiende muy complejo atender a las aspiraciones y motivaciones de todas las personas que forman un núcleo de población y la película que nos ocupa nos lleva a conocer la realidad de primera mano.

El cine es una lupa que sabe diferenciar amalgamas y aumenta la especificidad. Isabel Lamberti realiza un ejercicio de ficción para acercarse así a la intimidad de una familia, Los Gabarre-Mendoza, mostrando su día a día. Así, vamos a conocer las historias de estos personajes mientras ellos se interpretan a sí mismos.  

La película funciona como las anotaciones que los lectores escriben en los márgenes de los libros. A menudo son pensamientos o reflexiones que actúan como complemento a la narración. Están fuera del relato, pero aportan un punto de vista. La directora nos propone una película como si de un documental se tratase, nunca sabes muy bien lo que la ficción moldea o el pedazo de realidad que se cuela. A menudo, la autenticidad es tan poderosa que olvidas el propósito y, aunque echas de menos un camino que deje espacio a esas ideas, la vida está en cada fotograma. Ocurría también en otros largos de ficción que disfrutaron hace poco de un gran éxito como Entre dos aguas de Isaki Lacuesta o Carmen y Lola de Arantxa Echevarría.

Es lo que pasa con las películas que ponen la cámara al servicio y la dejan cohabitar en un entorno. Hay un relato, pero los gestos que lo acompañan son más expresivos si cabe. Esa intimidad aparece en momentos como la preparación del cumpleaños del niño, en las ganas de ese joven por encontrar un trabajo como peluquero o en la madre que se encuentra con su hija en una cafetería y que le reprocha que podría vivir de otra manera.

El film de Lamberti ganó el Premio Nuevos Directores en el último festival de cine de San Sebastián y se estrena ahora sin el ruido que debería por su pertinencia y actualidad. En los meses recientes, se aglutinaban las noticias sobre las dificultades de iluminación de los hogares de la Cañada Real y su eterna espera.  

Hay rumbos cercados por periferias, personas que aspiran a vivir sin muchos propósitos y que sin embargo, merecen un foco. La mirada de la película no se posiciona en ningún momento, pero los testimonios denotan la desesperación de algunos y la ilusión de otros frente a la reubicación.

Su escaso metraje hace que se eche de menos un poco más de desarrollo, o tal vez sea que queramos saber más acerca de ellos. El interés siempre nace como consecuencia de la curiosidad que nos provoca conocer algo, y tras ver La última primavera nos sentimos un poco más cerca de ese margen al que otros han decidido no prestar atención.

CHEMA LÓPEZ

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