Amarga Navidad. ¿Es Pedro Almodóvar un vampiro? – Contiene spoilers

Tal y como Leo Macías (Marisa Paredes en “La flor de mi secreto”) se preguntaba en su artículo para El País, no sin falta de mala baba, si Amanda Gris (su pseudónimo como escritora de novela rosa) era una buena mecanógrafa, intentando tachar(se) de escritora menor y prácticamente de farsante literaria a la novelista superventas, Almodóvar realiza aquí con su última película la pregunta del título, que pone en duda límites morales y, si tomamos como referencia la figura del alter ego, a sí mismo, un poco como autodefensa y poniendo en práctica un guion (digno de orfebrería) lleno de recovecos, explicaciones, vacíos sin rumbo y subrayados que discuten su relato, reflexiona sobre su propia obra y pone en el horizonte su presente como narrador.

La muñeca rusa nace de la adaptación de su propio cuento «Amarga Navidad», incluido en su libro «El último sueño», y que nos cuenta la historia de Elsa, una directora de publicidad, que tiene un ataque de pánico en un puente de diciembre mientras lidia con una madre agonizante, las buenas intenciones de un novio bombero y stripper, una amiga que da una fiesta y que le puede proveer de pastillas para dormir y otra que está al borde del colapso, mientras las jaquecas, las migrañas y los ansiolíticos conviven con los personajes ante una Navidad nada dulce ni halagüeña.

Con este material de partida, Almodóvar, que intuye el escaso potencial de su texto, retuerce mediante la metaficción a estos personajes y los coloca en confrontación con un narrador omnipresente que hace avanzar y retroceder estas tramas en base a un cursor que se mueve hacia adelante y hacia atrás de forma arbitraria, da órdenes a sus títeres según su propia inspiración y bebiendo además de lo que ve a su alrededor: básicamente su novio (al que busca rememorar en su texto con el deseo que le despertaba nada más conocerle) y su amiga (y asistente), una mujer que ha guardado sus secretos y ha sido la primera lectora de sus guiones desde hace más de veinte años, ya que su soledad y su estado depresivo le tienen alejado de la vida que palpita fuera de la porcelana de sus paredes.

Amarga Navidad es una película sobre un guion en construcción, que no termina de funcionar y que camina a trompicones, a veces en círculo, como en un laberinto lleno de muros que impiden que las emociones fluyan. A veces nos encontramos con los lugares comunes que siempre han visto los destellos de su talento brillar; son viejos conocidos y reconforta ver que hay chispazos de humor -que funcionan- (ese striptease absurdamente larguísimo, la dueña del club y el descaro de Ángeles Ortega, el gag de la directora de culto en voz de Carmen Machi, la fiesta, quizá de otra época, con el gracejo de Rossy de Palma…), aún nos dejamos embriagar por su obsesión por los hospitales, que siguen siendo canales de traumas y miedos por esos colores que siguen iluminando cada escena… aquí parecen más apagados de manera intencionada (la fotografía de Pau Esteve Birba es uno de los aciertos), con ideas visuales, ya contrastadas pero preciosas, que ya pasan a la galería de planos memorables de su filmografía: ese teléfono móvil dentro del vaso con agua hirviendo o las toallas amarillas dejándose acariciar por el mar en la playa volcánica. Todo ello va a satisfacer a sus espectadores conocidos y el público lo va a sentir como algo apreciado y propio. Para ello, Almodóvar y su pomposidad artificiosa, aquí claramente exacerbada, va a intentar conquistarnos con una protagonista que hace de sus gafas de sol una máscara y un complemento de su amargura (interpretada por una Bárbara Lennie maravillosa, una marioneta virtuosa, afinada y perfecta), y con otros personajes que estarán de paso, acompañando a nuestra protagonista bisagra y canal de los pasos de Raúl, el (otro) protagonista omnisciente, aquí encarnado por Leonardo Sbaraglia con ademanes y pelo que recuerdan al Almodóvar actual.

Estas tramas servirán de núcleo dramático y también aligerarán el peso del arco de los personajes principales, y curiosamente, el elemento que hace volar a la película está suspendido en un limbo, como una isla flotante, y solo puede alimentarse mediante el dolor de otra persona; hay que beber de la herida ajena para poder potenciar la pulsión creativa, así Raúl va ganando en efectividad mientras el drama que vive Mónica, su asistente, la va apagando. Solo estallará mediante la rabia que le provoca ver derramadas las lágrimas de su pareja en unas páginas de un guion que ha sido escupido mediante teclas que se avivaban rápidamente cuando el sufrimiento de otros es mayor. Esa es la trama que en la película ficticia defiende muy bien Milena Smit y que está localizada en un Lanzarote fantasmal, de arena negra y viñas cercadas como tumbas, con piedras que las aíslan del viento. Ahí encontraremos una de las referencias más claras de la película, concretamente con su filme anterior “La habitación de al lado”, con dos habitaciones contiguas que encerrarán un miedo y una certeza. Almodóvar dialoga con todas sus películas, (incluso musicalmente, con pasajes con los que Alberto Iglesias recuerda la banda sonora de Hable con ella), al igual que lo hace con el espectador, reconociéndose en los comentarios que seguramente, y de alguna forma, llegan a sus oídos:

-Estoy así, parece decir.

– Soy esto, y ya no soy aquel al que echáis de menos, y aun así tengo ases guardados debajo de la manga para demostraros que sigo aquí-.

Ahí es donde viene el arma de genialidad que nos tenía guardada; desconocemos si la encontró por el camino o armó toda la película en torno a esa idea que repliega la película sobre sí misma para hablar consigo, con sus personajes y con los dilemas que plantea. La redefine por completo y da sentido a aquello que nos hacía torcer el morro para mirarla con otros ojos, esta vez con esa mirada chispeante que menciona Raúl.

En ese ajuste de cuentas es donde Mónica va a ajusticiar la pérdida que ha sufrido la persona a la que ama, esa que ha visto expropiada en forma de palabras estériles sobre un fondo blanco de un ordenador ávido de líneas, es aquí donde la película se eleva, donde Aitana Sánchez-Gijón se crece como actriz (está inmensa arrojando reproches), donde Almodóvar se pone en el centro de la plaza para que su público lo vea, desde una honestidad quizá algo autoindulgente pero también vulnerable y donde Raúl se va a ver puesto en evidencia por su propio egoísmo y por lo que (él) cree sagrado, su necesidad de dejarse vampirizar por el cine, de rodar y de arrebatarse, por encima de cualquier fin, incluso por encima de él mismo. Aquí el cerebro está por encima de la emoción, dejarse llevar por el estímulo juguetón que nos propone Almodóvar es bastante disfrutable, aunque la emoción esté guardada y valga la pena esperar a la siguiente, aquí todo es disperso y enrevesado, y ya después que pasen muchas cosas, las que tengan que pasar, que no nos hagan estar arrepentidos de no haberlas disfrutado y que no tengamos miedo a saber que aquello que dejamos y que quisimos ya no existe y no tiene remedio, pues quizá a las cosas simples se las lleve el viento.

CHEMA LÓPEZ.

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