
En los últimos años, el premio a la mejor película del Festival de Málaga ha estado cantado desde antes de empezar el certamen. Películas como “Sorda”, “20.000 especies de abejas” o “Verano 1993” aterrizaron en Málaga precedidas de su éxito en el Festival de Berlín y los correspondientes jurados no dudaron en otorgarles el premio principal. Hace dos años, la presencia de un cineasta tan consagrado como Isaki Lacuesta hacía pensar que “Segundo premio” era la máxima favorita a hacerse con el máximo galardón, y los pronósticos se cumplieron igualmente. Sin embargo, este año el Festival comenzó con más incertidumbre sobre qué película podía ser la ganadora. Sin cineastas de renombre, las miradas estaban puestas en cintas como “Iván & Hadoum”, “Calle Málaga” o “La buena hija”, al ser los tres títulos que ya habían tenido un recorrido festivalero previo. Todas las quinielas saltaron por los aires el miércoles a primera hora de la mañana.
Ese día se proyectó por primera vez “Yo no moriré de amor”, ópera prima de Marta Matute. Tras su visionado, tuvimos por primera vez la sensación de que habíamos visto algo grande, por fin una película llamada no sólo a resultar vencedora en el festival, sino a completar todo el largo trayecto que existe desde Málaga hasta los próximos Goya. “Yo no moriré de amor” pone el foco en cuatro miembros de una familia, donde la madre acaba de recibir el diagnóstico de Alzheimer precoz. A partir de ese momento, la película seguirá la evolución de la enfermedad tomando como referencia los cumpleaños de la matriarca. Las diversas elipsis permiten avanzar la trama y comprobar cómo el irremediable progreso de la demencia condiciona el día a día de los personajes. Pese a que la enfermedad es el punto que marca todo el relato, la directora opta por centrar su mirada no tanto en la enferma, sino en los familiares de ésta. Así, la protagonista es Claudia, una joven de 18 años que encarna una fantástica Júlia Mascort. A lo largo de toda la cinta somos testigos de cómo su juventud queda truncada en gran parte por sus circunstancias familiares, que afectan a sus relaciones sentimentales y su situación laboral, forjando definitivamente su carácter. La película muestra con una naturalidad inigualable tesituras tan comunes como preparar los turnos para cuidar de la madre, las dificultades económicas para optar a una ayuda a la dependencia o los inevitables roces entre hermanas acerca de cómo enfocar la situación.
La Claudia que protagoniza la historia resulta un trasunto de la propia directora, que confesó en la rueda de prensa haber experimentado personalmente el mismo trance por la enfermedad de su madre. Tal vez por ello, el personaje está escrito con un nivel de detalle magistral, y conseguimos entender a la perfección su rabia interior, su inconformismo y su caos vital. En una escena en la que un ligue de una noche le ofrece sin mucha convicción quedarse a dormir en su casa y ella acepta al instante, captamos que en el gesto hay muy poco romanticismo y sí una necesidad perentoria de escapar de la realidad asfixiante que la espera al llegar a casa.
No podemos terminar sin hablar de una de las interpretaciones más complejas y profundas que hemos visto en el Festival: la madre que encarna Sonia Almarcha. Siempre es buen momento para reivindicar a la formidable actriz alicantina, que sólo en el último año ya nos dejó dos excelentes interpretaciones en “Subsuelo” y “A la cara”. En “Yo no moriré de amor” va un paso más allá y su trabajo alcanza una veracidad sobrecogedora. En cada una de sus apariciones logra transmitir un diferente estado de la enfermedad y en su mirada perdida, su balbuceo al hablar o en la manera en que convierte su cuerpo en un peso muerto, identificamos una versión dolorosa y realista de una dolencia que casi todos hemos visto cerca. Nos quedamos con una escena del baño, en la que su hija pequeña la está limpiando, como ejemplo que la directora ha sabido reflejar con precisión para dejar claro que, pese a ser una situación cotidiana, es difícil de gestionar para una persona sin experiencia en cuidados. La película realiza de forma breve pero contundente una denuncia del estado actual de muchas residencias de mayores y debe servir para concienciarnos sobre la urgencia en dotar de recursos y medios para la atención a las personas en situación de dependencia. En una película que durante su visionado es fácil acordarse de “Cinco lobitos”, por semejanzas en trama y tono, estamos seguros de que va a llegar con facilidad al público y que más de un espectador se verá removido por dentro. Si nos gusta venir a festivales, es principalmente para descubrir joyitas como ésta.

Detrás de “Yo no moriré de amor” se encuentra Elástica Films, la productora creada por María Zamora que ha desarrollado trabajos tan estimulantes como “Romería”, “Creatura” o “Salve María”. Sin embargo, ésta no ha sido la única película que Elástica ha presentado en el Festival este año, ya que también descubrimos su logo en el debut como directora de Laura García Alonso: “Corredora”.
“Corredora” es la historia de Cris, una atleta de élite que desarrolla su talento en un centro de alto rendimiento, con el objetivo de repetir victoria en el Campeonato de España. Sin embargo, algo se torcerá cuando comienzan a aparecer señales de paranoias y ataques de pánico que obligarán a una competidora nata como ella a parar. Es frecuente en las óperas primas que pretendan abarcar muchos temas diferentes, en ocasiones a costa de la coherencia del relato. No es el caso de Laura García Alonso, que tiene muy claro lo que quiere contar y que concentra toda la atención en un tema principal: la exigencia del deporte de alta competición y sus posibles efectos sobre la salud mental de deportistas sometidos a un nivel tan alto de estrés. “Corredora” expone su trama mediante un estilo seco y austero, más cercano a Haneke que a un drama deportivo al uso. Para ello, todas las secuencias de la película pasan por su actriz protagonista, Alba Sáez, que supone otro de los descubrimientos del festival con un trabajo que requiere de un alto nivel físico.
“Corredora” se vale de un gran trabajo sonoro para reforzar las sensaciones que pretende transmitir. Tanto la música electrónica que acompaña muchas de las escenas como el portentoso uso del sonido provocan en el espectador un efecto absorbente que llega a convertirse en angustioso. La película logra transmitir el terror que siente su protagonista y la complejidad de un brote psicótico, de forma creíble y realista. Mención especial a una escena que transcurre en la habitación de la protagonista y que resulta muy impactante por su crudeza, haciéndonos partícipes del trauma de Cris. Al igual que en “Yo no moriré de amor”, la película nos muestra los efectos del problema en el entorno familiar, pero a diferencia de aquella, desde un rol siempre secundario. Destaca la presencia de una estupenda Marina Salas como hermana de Cris, que se ve atrapada en la disyuntiva de cortar las alas a su hermana cuando ésta se empeña en volver a la competición y ejercer de apoyo incondicional hacia la persona que más quiere. La relación entre las dos hermanas, a veces natural a veces tensa, es uno de los aspectos que más nos gusta de la cinta.
En resumen, “Corredora” es una película muy digna en la que se agradece el esfuerzo por hablar sin rodeos de salud mental evitando estigmas y clichés, pero se queda algo corta en su planteamiento y puede caer en cierta monotonía que le impiden convertirse en algo más memorable. Nos quedamos, no obstante, con los destellos de una directora que demuestra talento visual, contención e ideas claras. Seguiremos la pista a Laura García Alonso.
JAVIER CASTAÑEDA
