
Tal vez porque nací en Ibiza, me siento profundamente seducido por la utopía de libertad que propone Sirat a través de ese grupo de outsiders, una suerte de neohippies que nos evocan a aquellos precursores que poblaron los campos ibicencos en los años 60, jóvenes provenientes de familias estadounidenses que huían de un contexto mundial marcado por la Guerra de Vietnam.
No es casual que Oliver Laxe inserte un conflicto bélico subyacente del que permanecen ajenos. Ajenos al sistema. ¿Tal vez sea eso el paraíso?
Luís (Sergi López), que junto a su hijo pequeño ha viajado hasta una rave en los áridos territorios del Atlas marroquí en busca de su hija, quizá por un instante pueda entender qué la llevó a desaparecer. Su rostro se descompone cuando, en un momento de la travesía, observa la fascinación que produce a su hijo ese grupo de «raveros», de engendros sociales, al que se han aferrado.
Al principio hay recelos ante su presencia. No en vano, él es un infiltrado que representa el sistema establecido, una forma de familia convencional, alguien incapaz de sentir la emoción que provoca esa música (que él define como «ruido»). Un peligro en su ecosistema. Ciertamente, el espectador jamás podría imaginar cuán imprevisibles son las consecuencias.
Sirat bebe de la experiencia sensorial y mística de la obra de arte Mimosas. Pero esta vez introduce un impresionante uso de la música, quizá nunca visto en nuestro cine, que personalmente me ha hecho revivir desde la butaca algo similar a lo que sentí en algunas fiestas trance -por aquél entonces no se usaba el término «rave», eran simplemente fiestas trance- en la Ibiza de finales de los 90.
El sonido tecno envuelve alegorías que te sacuden con violencia, hiriendo tanto como la propia belleza de la fotografía de Herce.
Uno tiene permanentemente la sensación de estar viendo algo importante. Su rutilante recorrido iniciado en Cannes (Premio del Jurado) podría tener parada en los Oscars, y se espera un arrase en nominaciones a los Goya, con todos los puestos importantes, así como los técnico artístico, asegurados. Asimismo, no sorprendería -y me alegraría especialmente- ver a unos cuantos de esos actores revelación entre los mencionados, todos ellos genuinos, veraces y perfectos. Ellos transitando el estrecho camino de la alfombra roja. Quizá ese sería el último gran giro poético del film.
