Crónica 28 Festival Málaga: Tras el verano, La terra negra

La vigesimoctava edición del Festival de Málaga ha llegado a su fin, con la sensación general de que ha sido una gran edición, con un nivel medio de calidad muy digno y varias cintas muy destacadas. Aunque el festival haya echado el telón, no queremos pasar la oportunidad de repasar dos películas más que vimos en nuestro paso por Málaga, y que, si bien no pueden ser de estilos más diferentes entre sí, disfrutamos con ambas.

Fuera de concurso tuvimos ocasión de ver la ópera prima de Yolanda Centeno, cuya fuerza radica en el tema que aborda, apenas tratado en el cine. “Tras el verano” está protagonizada por Paula (Alexandra Jiménez), una mujer que durante los cinco años de noviazgo con su pareja (Juan Diego Botto) ha ejercido de segunda madre para el hijo de éste, Dani, y que, tras terminar su relación sentimental, sufre el hecho de que legalmente no tiene ningún derecho a poder seguir viendo a un niño al que adora. La plasmación en pantalla de los conflictos a los que se enfrentan las familias reconstituidas da pie a interesantes reflexiones acerca de un mundo en el que los sentimientos importan poco cuando no hay vínculos de sangre.

La película consigue que empaticemos al instante con los dos principales perjudicados por la situación. Por un lado, gracias a que el crío sobre el que gravita la historia (un encantador Álex Infantes) es un niño que sentimos como de verdad, alejado de esos perfiles que tanto vemos en el cine que o bien son repelentes, o bien destilan una madurez impropia de su edad. El Dani de la historia es todo lo que podemos esperar en un crío de 6 años, cariñoso y de reacciones instintivas básicas, al que cogemos rápidamente afecto. Por otro lado, tenemos de protagonista a una de nuestras debilidades: la excelente actriz Alexandra Jiménez, que se enfrenta a la novedad de encarar un rol 100% dramático, y en la que demuestra una solidez y credibilidad propia de una todoterreno. Su mirada perdida en los momentos de intimidad con su nueva pareja o ese rostro que se ilumina con una ilusión desbordante al ver al niño a través de una rendija del patio de colegio son sutilezas propias de una interpretación muy precisa.

La película comete algunos errores de ópera prima, como un abuso exagerado de primeros planos que acaban resultando cansinos y puede que la historia se quede algo coja dramáticamente, en su afán de no cargar las tintas sobre ningún personaje, pero “Tras el verano” es un debut muy estimable, en el que apreciamos el corazón con el que se ha creado y apluadimos que nos ofrezca una visión de la familia diferente a la que estamos tan acostumbrados.

Dentro de la Sección Oficial a concurso, una de nuestras películas favoritas de esta 28ª edición ha sido “La terra negra”, de esos trabajos que, entre tantas propuestas de corte comercial, adquieren su verdadero sentido proyectadas en el marco de un festival, que debe reconocer propuestas más extremas y autorales como ésta. La película está dirigida por Alberto Morais, responsable de cintas como “Las olas” o “La madre”, y es sin duda la obra más personal y arriesgada de las que hemos podido ver este año.

No es fácil definir “La terra negra”: un drama rural con ecos de western hablado en valenciano en el que Laia Marull y Andrés Gertrudix, dos hermanos que regentan el molino familiar, reciben a un extraño visitante (Sergi López) para trabajar junto a ellos, sin imaginarse que desatará la desconfianza del resto del pueblo. La película maneja unos códigos que no la convierten en apta para todos los públicos: un tono seco y árido, unos diálogos pronunciados con una lentitud en ocasiones antinatural y con un lenguaje basado en numerosas alegorías. Pese a que a muchos lectores se les quitarán las ganas de ver la película tras leer esa presentación, podemos afirmar con convencimiento que el visionado de “La terra negra” resulta verdaderamente gratificante para aquellos que entren en la propuesta de Morais.

El universo de la película está formado por cuatro familias de campesinos, que pese a juntarse periódicamente para jugar la partida en el bar del pueblo, están dominados por los recelos mutuos y la desconfianza. A lo largo de toda la cinta podemos sentir una violencia contenida, a lo “La caza” de Saura o “As Bestas”, pero pasada por el filtro de Jaime Rosales. Laia Marull, musa del director, está arrebatadora en un papel que destila dureza como mujer amargada tras haberse visto obligada a regresar al pueblo después de fracasos vitales previos, y en el que nos fascina cómo escupe el desprecio y la repulsa que siente hacia sus vecinos.

Sin embargo, más allá de ese ambiente enrarecido por los conflictos en el campo, en línea con tantas grandes historias que nos ha dado nuestro cine cuando ha explorado el reverso más oscuro del rural, la película sorprende al introducir un componente místico. El personaje de Sergi López posee poderes sobrenaturales que introducen un inesperado tono de realismo mágico que nos recuerda al cine de Alice Rohrwacher. Su Miquel es un rol fascinante, que podemos identificar como un Jesucristo de nuestro tiempo, y enriquece la película logrando un magnetismo muy especial. El efecto que causa tanto en el espectador como en los personajes de la película es atrayente y desconcertante a la vez.

Morais no responde a muchas de las preguntas que se plantean durante el visionado del filme: prefiere jugar con la ambigüedad y el misterio para plantear una fábula enigmática que rompe esquemas preconcebidos. Entre la manifiesta hostilidad de este ambiente que espantará a muchos, emerge un potentísimo retrato de la naturaleza humana más oscura. Es una lástima que el jurado de la Sección Oficial haya dejado pasar la oportunidad de reconocer a un trabajo como éste, para el que el Premio Especial del Jurado parecía un galardón perfecto. Desde aquí nuestro reconocimiento al riesgo y atrevimiento de “La terra negra”, así como nuestro llamamiento a que una obra tan singular no quede en el olvido cuando se produzca su estreno en cines.

JAVIER CASTAÑEDA

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