
Hace algo más de dos años una directora presentó en la Seminci su ópera prima, que planteaba una bonita historia de amistad entre un huraño jubilado y un inmigrante búlgaro a través del ajedrez. Aquella película se titulaba “Vasil”, la directora era Avelina Prat y estos días ha traído a Málaga su segunda película: “Una quinta portuguesa”.
En esta película, nuevamente centra la historia en la relación que surge entre personajes de diferentes nacionalidades, y cómo los choques culturales y las dificultades lingüísticas pueden ir dando paso a la creación de vínculos sólidos. El protagonista de “Una quinta portuguesa” es Manolo Solo, al que un fuerte desengaño amoroso le lleva a romper lazos con su entorno y buscar una nueva vida lejos de casa, concretamente en Portugal. Es curioso cómo este punto de partida se repite en varias películas del festival y sin embargo ha dejado películas tan diferentes como ésta, “Muy lejos” o “La buena suerte”. Sin desvelar demasiado, podemos decir que una vez llegado al país vecino, al personaje de Solo le surge la oportunidad de adoptar una nueva identidad, comenzando a trabajar como jardinero en la finca que regenta una enigmática mujer, interpretada por María de Medeiros.
“Una quinta portuguesa” alcanza momentos deliciosos a lo largo de la estancia de Manolo Solo en Portugal. El que al comienzo de la película vemos como un hombre anodino y gris va encontrando su sitio en un pequeño oasis de empatía y apacibilidad. Durante gran parte de la cinta, disfrutamos de un microentorno formado únicamente por Solo, Medeiros, la cocinera de la casa, y tras una excelente elipsis, el hijo de ésta. Pero no necesitamos más personajes para contagiarnos de un humanismo cautivador y de un encanto desbordante. Hay sitio para los interrogantes dentro de la película: María de Medeiros es una mujer que periódicamente abandona la casa por sorpresa durante días sin que sepamos el motivo de sus escapadas, e igualmente mantenemos tensión pensnado en cuándo se desvelará el misterio que esconde Manolo Solo sobre su verdadera identidad. Pero eso no tapa la auténtica fortaleza de la película: esas historias contadas por los personajes desde el corazón, que respiran siempre una calidez reconfortante y que dan a la cinta una cotidianidad que sin saber muy bien por qué, nos atrapa.
Tradicionalmente el cine español ha vivido de espaldas a Portugal, algo que posiblemente es coherente con el habitual desdén con el que tratamos como país a nuestro vecino. Es por eso que resulta tan llamativo y acertado situar la trama en territorio luso, mostrado como un remanso de tranquilidad y de bondad. El guion toma una decisión atrevida al poner sobre la mesa el tema de la colonización portuguesa en África, ya que tanto Medeiros como su núcleo de amigos vivieron en Angola en la etapa colonial y rememoran con añoranza aquella época. Las reuniones asiduas del grupo tienen lugar entre alcohol, tabaco y partidas de cartas, actuando como momentos en los que se para el tiempo para unos personajes invadidos por la nostalgia. Hay una escena que se desarrolla en una de las partidas, en la que cada personaje pedirá un deseo que le será concedido si es el ganador del juego, que resulta fascinante por las miradas que se cruzan y por lo que cada petición tiene de liberación, y representa uno de los momentos álgidos de la cinta.
Conviene no contar mucho más sobre la película y que cada espectador descubra por uno mismo el mimo y cariño con el que la cinta trata a sus personajes, pero desde ya es una de nuestras favoritas de cara al palmarés final. Un premio muy adecuado sería el de mejor guion, como forma de reconocer el detalle y la precisión al plasmar la psicología de los personajes, basado en una forma de aparente sencillez que no es tal. En cualquier caso, con premio o sin él, este recordatorio de que la familia escogida puede aparecer de la forma más inesperada se ha convertido para mí en un auténtico lugar feliz.

Fuera de concurso se vio “La isla de los faisanes”, debut de Asier Urbieta y un ejemplo de lo malo que es forjarse expectativas sobre las películas. El título hace referencia a uno de los lugares más peculiares de nuestro territorio: un islote situado entre Irún y Hendaya que pertenece durante medio año a España y durante la otra mitad a Francia. La sinopsis oficial de la película menciona la aparición de un cadáver en pleno proceso del intercambio de soberanía de la isla, desatándose la pregunta de quién se hará cargo del caso. A partir de ahí, en mi cabeza esta película iba a ser un thriller fascinante que jugara con las particulares circunstancias del islote, al más puro estilo de aquella serie “El puente (Bron)” que planteaba un crimen en el límite entre Suecia y Dinamarca.
Sin embargo, no es ésa la intención del director. Título y sinopsis funcionan en esta ocasión como una publicidad algo engañosa, dado que no se explota en absoluto el juego que podía dar ese condominio hispano-francés, limitándolo a una anécdota que no tiene relevancia en el resultado final de la película. De igual forma, no es tanto un thriller como más bien un drama con clara denuncia social, centrado en la inmigración como temática principal.
Jone Laspiur (ganadora del Goya revelación por “Ane”) es la protagonista absoluta de la cinta, aportando credibilidad a esta defensora a ultranza de las causas en las que cree, que interpela con vehemencia tanto a los policías franceses a los que se enfrenta como a los propios espectadores. También resulta interesante el personaje de su novio, Sambou (o Iñaki a su pesar), que pese a ser nacido en Euskadi y formar parte del equipo de rugby local, siente cómo la sociedad no le pone fácil la integración, por culpa de prejuicios a los que se enfrenta cada día. Él también debe enfrentarse a lo largo del filme a un dilema moral tras haberse quedado paralizado en el rescate de un inmigrante en el río, que le martiriza y con el que el director consigue que la pregunta de qué habríamos hecho nosotros resuene en la mente de cada espectador.
“La isla de los faisanes” es una película más apreciable por las intenciones que por los resultados, ya que resulta algo repetitiva en su planteamiento y puede terminar haciéndose aburrida. Nos quedamos con una escena de carnaval cercana a su tramo final, que sí aúna tensión y arrojo de una forma original y satisfactoria. No obstante, pese a que la película no sea de nuestras favoritas del festival, siempre celebramos que los cineastas plasmen su compromiso social en el cine y aporten luz a conflictos fronterizos como éste, ante los que muchas veces preferimos hacer como que no existen.
JAVIER CASTAÑEDA
