Crónica 28 Festival Málaga: Todo lo que no sé, La furia

El Festival de Málaga es el mejor detector posible de directores debutantes a tener en cuenta; no en vano 6 de los 11 últimos ganadores del Goya a mejor dirección novel presentaron sus premiados trabajos en el certamen andaluz. Una de las directoras que ha estrenado su primer largometraje dentro de la Sección Oficial de este año es Ana Lambarri. Su película: “Todo lo que no sé”.

Susana Abaitua interpreta a Laura, una joven muy equivocada en la vida que a sus 35 años malvive como dependienta de la FNAC, tiene una relación intermitente con su follamigo Francesco Carril y tiene una situación familiar complicada, con un padre de salud delicada al que debe acompañar con frecuencia en el tratamiento que éste recibe en el hospital. La película acompaña a Laura en todo momento, ofreciendo a Abaitua un reto mayúsculo del que sale airosa, sin destacar especialmente.

El cine nos ha mostrado de todas las maneras posibles las relaciones entre padres e hijos así como las de los múltiples tipos de pareja que existen. Sin embargo, mucho menos exploradas en comparación están las relaciones entre hermanos, pese a que son también personas fundamentales en nuestro día a día. Es por ello que lo más interesante de “Todo lo que no sé” sea ese tirante trato que la protagonista mantiene con su hermana Irati, a la que da vida Natalia Huarte (recientemente vista como la mujer de Miguel Bernadeau en la serie “Querer”). Irati es la versión opuesta a su hermana: una obsesa de la planificación y el equilibrio frente al caos y desorden en el que vive instalada Laura. Esto hace que salten chispas en cada encuentro entre ambos personajes, y que los reproches continuos erosionen la confianza entre ambas, con diálogos de mucha dureza. Nos produce compasión intuir cómo las acciones de Laura se ven condicionadas por un complejo de inferioridad que ha interiorizado con respecto a su hermana y cómo acciones sencillas como el poder comprar un regalo para sus padres sin tener que ir a medias le resultan un gesto reconfortante. Las conversaciones entre ambas por el cuidado paterno nos resultan fáciles de identificarnos y muestran el cuidado de la directora en plasmar una relación creíble y verosímil. También nos gusta la manera en cómo se va marcando el paso del tiempo, a través de los cumpleaños del patriarca: cada vez que aparece la tarta con las correspondientes velas somos conscientes del desarrollo que han experimentado los personajes.

Menos satisfactorio resulta el apartado laboral de la protagonista. Laura es una programadora que tiene la ambición de realizar el proyecto Hoboc, relacionado con la gestión de big data y que después de una primera versión fallida tras acabarse la financiación para su desarrollo, concentra su ambición y sus esfuerzos cuando se abre una segunda oportunidad para llevarlo a término. Esta trama ocupa demasiado metraje de la película, en la que se nos ofrecen numerosas explicaciones sobre términos informáticos que no parecen especialmente relevantes, y en la que los secundarios que acompañan a Laura en la oficina no tienen entidad propia que justifique tanta presencia.

“Todo lo que no sé” es por tanto, un drama muy correcto, más estimable aún al ser una ópera prima, en la que sus partes más convincentes tienen que ver con el retrato de la familia de la protagonista. No es nada que no hayamos visto antes, pero siempre estamos a favor de plasmar en el cine las frustraciones de la generación millenial.

Otra de las películas con las que había muchas expectativas era “La furia”, de Gemma Blasco, que llegaba a Málaga precedida por su proyección en el Festival South by Southwest en Texas. La película, que participa dentro de la Sección Oficial a concurso, nos muestra los pasos de Álex (interpretada por Ángela Cervantes) a lo largo de todo un año tras sufrir una violación en una fiesta de fin de año, en la que no reconoce a su agresor. Lo que comienza como una celebración propia de nochevieja, en la que un grupo de jóvenes se lo pasa bien estimulados por el alcohol y las drogas, acaba derivando en una espeluznante agresión. La escena de la violación es mostrada a oscuras, logrando ponernos los pelos de punta únicamente a base de sonidos de golpes y respiración. A partir de ahí, Álex ya no volverá a ser la misma.

Uno de los aciertos de “La furia” es saber retratar muy bien la rabia e ira internas que dominan al personaje protagonista. Tras el momento en que Álex llega a casa y se sienta en la terraza aún incrédula sin terminar de asimilar lo que ha ocurrido, seremos testigos de la evolución de un personaje desgarrado que no sabe cómo gestionar lo acontecido. Si el viaje personal de Álex nos produce tanto desasosiego es mérito principalmente de Ángela Cervantes, que está soberbia al encarnar el sufrimiento que acarrea y que se echa la película a sus hombros de una manera asombrosa. En los gestos de Cervantes podemos ver la vergüenza inicial que siente hasta que decide contárselo a su hermano, así como el malestar posterior al comprobar que la confesión no sólo no resulta liberadora, sino que la reacción de éste (“¿pero te violó o sólo te tocó?”) contribuye a infectar la herida ya presente.

Es ese personaje del hermano, interpretado por un buen Álex Monner, el que da pie a varias de las reflexiones más potentes de la película. Monner es un exponente claro de la masculinidad predominante, cuya reacción instintiva es la venganza y que tal y como le repite a su hermana en numerosas ocasiones, se volverá loco si ésta no le revela el nombre del violador. Es fácil reconocer la agresividad del personaje de Monner en varios pasajes de la película como ejemplos cotidianos en nuestro entorno, pero también resulta sincero su sufrimiento y la escena en la que se derrumba tras verse superado por los acontecimientos resulta muy emotiva. El intérprete catalán logra transmitir muy bien su tormento y ese deje chulesco tan característico del actor encaja perfectamente en este papel.

El personaje de Ángela Cervantes canaliza su dolor a través del teatro, interpretando en la escena a Medea, el personaje de la mitología griega que mataba a sus hijos como venganza contra su esposo. Esto hace que la película presente varias escenas que tienen lugar sobre las tablas, en las que Cervantes puede lucirse dejando explotar su desgarro y su ira, pero que para el espectador acaban resultando agotadoras. Igualmente la película plantea simbolismos a través de varias escenas de cacería. Esto hace que se nos muestren en primer plano imágenes muy crudas de despiece de animales, que resultan muy desagradables de ver: hay una escena en la que se muestra cómo los personajes extraen las vísceras de un jabalí que revolverá los estómagos a más de un espectador. Todos estos añadidos que desvían de la trama principal se sienten algo superfluos y provocan una sensación de saturación.

En cambio, siempre que la historia se centra en el trauma de esa Álex, la película alza el vuelo, y es cuando la cámara de Blasco recoge los momentos de mayor intensidad de la cinta. Si mencionábamos anteriormente que en la escena de la violación resultaba fundamental el oído, la película nos ofrecerá posteriormente una secuencia magistral en la que es el olfato el que va a jugar un papel predominante en la resolución de la escena. Son ejemplos de una película muy sensorial, cuya mayor virtud reside en el impacto y en las emociones viscerales que provoca. “La furia” es una película complicada de recomendar por las reacciones arrebatadas que puede suscitar, pero la interpretación valiente y atrevida de Ángela Cervantes no debería ser pasada por alto. Hay un momento en que la actriz está frente al espejo y comienza a limpiarse con rabia la sangre que embadurna su cara, en la que no podemos evitar acordarnos de la famosísima escena de Demi Moore de “La sustancia”. Esperamos que el jurado de la Sección Oficial no sea tan cruel con Ángela Cervantes como lo fue la Academia norteamericana con Moore y reconozca el salto adelante de la actriz con una Biznaga de Plata.

JAVIER CASTAÑEDA

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