Crónica 28 Festival Málaga: Muy lejos, Aullar, La buena suerte

Una de las cosas que siempre resultan más disfrutables de los festivales es el descubrir películas que a priori no teníamos en el radar y que nos sorprenden positivamente. Es el caso de “Molt lluny (Muy lejos)”, el debut en la dirección de Gerard Oms con el que compite por la Biznaga de Oro del festival. Oms ha trabajado como coach de interpretación con importantes actores de nuestro cine, entre ellos Mario Casas, el protagonista de esta película.

Casas interpreta a Sergio, un joven que en un viaje a la ciudad neerlandesa de Utrecht para asistir a un partido de fútbol sufre un ataque de ansiedad tras el que toma la decisión de quedarse a vivir en Holanda. Esto supondrá un choque de realidad para él, ya que sólo tendrá acceso a trabajos de condiciones pésimas que los nacionales rechazan, y algunas de las nuevas amistades que haga serán marroquíes con los que nunca hubiera intimado de haber seguido viviendo en España.

“Muy lejos” es una película que crece en el recuerdo un par de días después de haberla visto, cuando nos damos cuenta que el viaje de descubrimiento personal que experimenta el personaje principal nos ha desarmado. Gran parte del mérito es de Mario Casas. El actor ofrece la que seguramente es la mejor interpretación de su carrera, construyendo un personaje con una coraza enorme y repleto de unas inseguridades que le están condicionando por completo su vida. Es curioso que después de que la última ocasión que le vimos en la gran pantalla fuera un trabajo tan pensado como exhibición como fue el de “Escape”, en donde Casas se esforzaba todo el tiempo por actuar mucho y muy fuerte, ahora regrese con un papel que no puede ser más opuesto. Su interpretación en “Muy lejos” es contenida, basado principalmente en miradas que dejan entrever la verdadera naturaleza del personaje y sutiles gestos en la manera en que trata a cada persona. Además, cuenta con el añadido de tener diálogos en cuatro idiomas durante la cinta, por lo que el esfuerzo del actor es muy remarcable.

La película es muy crítica con los Países Bajos, algo que podrá sorprender a muchos que tengan idealizado al país como un ejemplo de avance, derechos sociales y libertades. En una conversación muy reveladora con la casera de su piso, una mujer negra que constituye todo un faro de guía para Sergio en su estancia, ésta verbaliza las incómodas situaciones a las que se ve expuesta cada día por su color de piel, a pesar de hablar el idioma nacional. Casas malvive en el sector más bajo de la sociedad, si bien la película muestra que su condición de español provoca entre la población subconscientemente menos prejuicios que hacia los marroquíes, como podemos ver en una inspección policial que tiene lugar en el restaurante donde trabaja, y en la que Mario es excluido de cualquier pregunta o inquisición por los agentes, a diferencia de sus compañeros.

Es también reseñable que la película está ambientada en los años 2008 y 2009, epicentro de la crisis económica que asoló nuestro país, y que ayuda a contextualizar la situación que vive el personaje y entender más sus motivaciones para quedarse en Holanda. La crisis es precisamente uno de los argumentos que da el personaje de David Verdaguer para despreciar la vida en España. Verdaguer interpreta a Manel, el compañero que Sergio conoce en las clases de idioma y que pronto se convierte en su único amigo compatriota. El actor catalán aporta su indudable carisma pero el personaje, siempre protestón y refunfuñando, es tan insoportable que su presencia llega a incomodarnos, como ocurre en una cena a tres con la pareja holandesa de Verdaguer, donde éste se muestra como un verdadero cretino.

En definitiva, “Muy lejos” es una película de mucha miga que se ve beneficiada por la presencia de Mario Casas, quien, con su trabajo tan metido hacia dentro, comprende a la perfección la esencia del personaje. En escenas sin palabras como en una en la que se le escapa una lágrima mientras escucha a su compañero de piso tocar el violonchelo vemos a un alma herida a la que deseamos que le vaya bien. Ojalá también sea así con el propio intérprete y el sábado se haga con la que sería una merecida Biznaga al mejor actor.

Dentro de la Sección Oficial fuera de concurso, hemos tenido ocasión de ver “Aullar”, la primera película de Sergio Siruela, un director que pese a ser malagueño ha desarrollado su trayectoria previa en México, donde ha ejercido como realizador de varias series. Ahora regresa a sus orígenes para estrenarse en el largometraje con un equipo casi íntegramente andaluz, contando la historia de Mamen (interpretada por Elena Martínez), una mujer que trabaja de día como pescadera en un mercado de abastos y de noche como bailarina en un club de carretera para poder subsistir y mantener a su hijo Jorge. Su vida se va a ver alterada cuando un día se presenta en la puerta de casa su padre borracho (Antonio Dechent), al que lleva doce años sin verle. La reaparición de su progenitor se debe a que su piso ha sido ocupado por un grupo de gitanos, liderados por la hija de un temido patriarca. Esta situación provocará que padre e hija se vean forzados a vivir juntos durante una temporada, con la incógnita de cómo ejercerá Antonio el rol de abuelo con un niño al que no conoce, y hasta qué punto sus problemas con el alcohol convertirán la situación en insostenible.

La película muestra ese tipo de relación paternofilial tortuosa que ya hemos visto mil veces en el cine. Desde el principio de la película ya podemos imaginar que las tiranteces iniciales van a ir relajándose a medida que padre e hija se conozcan, en buena medida gracias a la influencia del niño que pronto adora a su abuelo, pero que el drama del alcoholismo va a hacer acto de presencia. La película es muy convencional en ese apartado familiar, con el añadido de que en el par de momentos en que la historia se sale de ahí, no funciona. Es el caso de los encuentros con los gitanos: la protagonista afronta dos careos que terminan resultando bastante ridículos en su desarrollo y conclusión. Especialmente sangrante es el de la visita al patriarca del clan, donde el discurso buenista y naif que pronuncia Mamen resulta tan fuera de lugar que llega a producir risa en una escena donde la sensación latente debería ser el miedo. También parece equivocada la elección de Elena Martínez como protagonista, a la que le queda grande el papel y no llega al potencial dramático que requiere este rol de presencia constante en pantalla.

Retomamos el repaso a la Sección Oficial a concurso para adentrarnos en el último trabajo de Gracia Querejeta. Siempre que la directora ha participado en el Festival de Málaga, ha tenido un recibimiento triunfal. En las ediciones de 2004 y 2013, Querejeta consiguió hacerse con la Biznaga a mejor película con “Héctor” y “15 años y un día”, respectivamente. Esta vez podemos asegurar sin temor a equivocarnos que no hará un pleno 3 de 3.

Esto no quiere decir que “La buena suerte”, la adaptación de la novela de Rosa Montero que presenta en esta edición sea mala en absoluto, ya que es una película que se ve muy bien y en la que algunos aspectos son ciertamente destacables, pero sí languidece ante trabajos previos de Gracia, pudiendo catalogarla como un trabajo menor dentro de su filmografía.

“La buena suerte” está protagonizada por Hugo Silva, que interpreta a Pablo, un hombre que de forma instintiva se baja de un tren para huir de su pasado y comenzar una nueva vida en un lugar lejos de su hogar (sobre el papel, una premisa idéntica a la que le ocurría a Mario Casas en “Muy lejos”, aunque las justificaciones y evolución de ambos personajes no pueden ser más diferentes). Pablo se asienta en un pueblo de La Rioja, donde pronto entabla una relación de amistad con su vecina Raluca (interpretada por Megan Montaner), una mujer de origen rumano que desprende una energía y un optimismo deslumbrantes.

Aun sin conocer la novela que sirve como punto de partida, desde bien pronto podemos imaginar el origen de la historia, ya que la película se siente profundamente literaria. En el dibujo de los personajes y en la somera explicación de los detalles de su pasado, intuimos que tienen su base en un libro que desarrollará los roles con mayor profundidad que una película de 90 minutos. No obstante, la relación entre los personajes de Hugo Silva y Megan Montaner resulta sincera e interesante, mostrando una buena química en el reencuentro de ambos actores una década después de que protagonizaran juntos “Dioses y perros”. En cada encuentro entre ambos, en el que se van conociendo un poco más y el guion destapa algún nuevo detalle para ayudarnos a conocer mejor al personaje, se respira una conexión y una complicidad contagiosas. Completa el triángulo un excelso Miguel Rellán, que está fantástico como el otro vecino del edificio, y que con su indisimulada animadversión hacia Hugo Silva, aporta alguno de los momentos más divertidos de la cinta. Por el contrario, el afecto cálido y franco que desprende hacia Megan resulta reconfortante componiendo una de las relaciones más entrañables de las vistas en el festival. Rellán pronuncia un precioso monólogo sobre los tipos de personas en los que se puede clasificar el mundo, concluyendo con un incomparable halago hacia Megan, que da buena muestra del cariño sincero que siente hacia Raluca. Ojo a una posible Biznaga del actor nacido en Tetuán a Mejor Actor de Reparto.

Más allá del aspecto puramente dramático del filme, “La buena suerte” también tiene una parte policiaca que resulta más desconcertante. Los verdaderos motivos por los que Hugo Silva ha huido de Madrid van saliendo a la luz a lo largo de la película y dan pie a una trama de suspense que se siente algo chusca, con un toque de humor algo extraño que sobrevuela en las reacciones entre los policías. Esa parte de thriller, realizada con bastante desgana, es la que hace bajar puntos a la película. Tampoco nos han convencido los monólogos de Hugo insertados en voz en off, con cierto tono de autoayuda.

No faltan, eso sí, algunos de los elementos que son marca de la casa en el cine de Querejeta, como sus característicos fundidos en blanco, con los que dar paso a alguna de las transiciones abruptas en el filme. También es inherente a la filmografía de Gracia la relevancia que le da a la música en sus películas: si la directora confió en el pasado este aspecto a compositores tan extraordinarios como Ángel Illarramendi, Pascal Gaigne o Federico Jusid, ahora nos encontramos con una banda sonora firmada por Vanessa Garde, que igualmente es una delicia. Sus hermosas melodías, muy presentes durante la película, funcionan como buen complemento a este viaje a la España vaciada, en el que hay culpa, memoria y segundas oportunidades.

JAVIER CASTAÑEDA

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