La muerte siempre ha sido un tema recurrente en el cine de Almodóvar. Desde Matador, donde la muerte estaba relacionada con la pulsión sexual, su interés por el tema ha deambulado por sus películas, pasando por el duelo de Manuela, la protagonista de Todo sobre mi madre, o la vuelta al mundo de los vivos de la abuela fantasma de Volver. Donde había liturgia y ritos manchegos, donde hubo dramas apasionados o descarnados, aquí y ahora solo se da una gélida conciencia del adiós, aunque matizada con la compasión de la empatía, y deja claro que la efusividad ha quedado atrás para llegar a la depuración total.

A partir de Julieta, el director manchego ha estado más interesado en la contención como reto narrativo que en el barroquismo que antes poblaba sus películas con argumentos mucho más rocambolescos, que él dotaba de verosimilitud dentro de un universo siempre reacio al naturalismo, y que encontraba el canal adecuado para convertirlo en verdad. Ahora sus narraciones son más sencillas y su puesta en escena está tan interesada como siempre en la estética y el arte, pero sus movimientos de cámara han ido diluyéndose hasta la obsesión por la composición de plano, donde el rostro de los actores está cada vez más cerca del objetivo. Sus guiones siguen siendo muy dialogados, pero por el camino se ha perdido el costumbrismo o el gracejo de sus personajes para condenarlos a cierta solemnidad. Es innegable que ha sofisticado sus historias, quizá sea lo más honesto en esta etapa en la que, según sus propias palabras, su universo bebe de lo que lee y de lo que ve, no de la vida que está palpitando fuera, en el mundo real. La ficción sigue siendo una fuente inspiradora para su propio universo y sus relatos, tal y como contaba en la claqueta final de Dolor y gloria, encuentran en la representación la razón para seguir escribiendo, para seguir vivo.
La habitación de al lado es una adaptación de Cuál es tu tormento de Sigrid Nunez, una novela que habla principalmente de dos mujeres que se reencuentran tras un tiempo sin verse. Una de ellas está enferma sin esperanza y le pide ayuda a la otra para que la acompañe durante un tiempo inexacto pero finito, la finalidad es acompañarla en sus últimos días. Las dos encontrarán en esa convivencia el tiempo perdido, conocerse como no puede ocurrir de otra manera y escucharse. Las dos viven en Nueva York, trabajaron juntas en la redacción de una revista y comparten afinidades literarias y un gusto exquisito por lo intelectual. Ingrid es una escritora de éxito y la muerte le aterra, ella no es capaz de aceptar el final de la vida. Martha es una reportera de guerra que huye de entender su enfermedad como una batalla, su propio conflicto bélico es enfrentarse a su extinción por decisión propia para ganarle tiempo a su deterioro físico y al dolor. Como argumento, es una consecuencia bastante lógica tras las anteriores películas del director. La importancia de estar, aunque sea en silencio, es un gesto humano que Ingrid acepta incluso sobreponiéndose a sus propios miedos, al dilema moral que le provoca y a la legalidad del asunto en Estados Unidos, donde la eutanasia no es un derecho por ley. Es la primera vez que rueda en el extranjero y lo hace con el control total de la obra. No es casual que la primera película en inglés de Almodóvar sea la adaptación de este texto, pues el tema guarda un debate interno que quizá en España parezca más superado por la legislación reciente, pero el derecho a morir dignamente es un territorio por conquistar en otros lugares. Su trasvase al inglés se acepta tras los primeros minutos de metraje, donde el espectador sabe que está en una película de Almodóvar sin lugar a dudas, se acomoda en ese lugar confortable y feliz, percatándose de que sus colores siguen ahí, esta vez más atenuados por una frialdad deliberada que está retratada mediante un trabajo de fotografía estupendo de un nuevo fichaje, Eduard Grau, y además a su lado tienen (Almodóvar y el espectador) un compañero infalible, el músico Alberto Iglesias, acompañando las imágenes con su excelente partitura. Quizá es una banda sonora muy presente, pero el director se guarda algunas escenas donde se compromete con los silencios, explotando en otros las bellas melodías de un inspiradísimo Iglesias, enfatizando las miradas llenas de matices de los personajes.

En este reencuentro que en un primer momento parece fortuito y que va haciéndose cada vez más profundo, es interesante que el personaje de Ingrid sea una escritora, su curiosidad como narradora es determinante para que se deje fascinar por su amiga y su situación, entregándose a esta misión e intentando comprender cada recoveco de su decisión. Hasta llegar a centrarse en la convivencia de las dos amigas en una casa en Woodstock que Martha ha elegido para llevar a cabo su plan, la película toma ciertos riesgos en forma de flashbacks para conocer el pasado del personaje, quizá de manera peregrina, pero sirven como dinamizador y tienen el objetivo de llegar al escenario principal con las preguntas resueltas. Una vez allí, el tiempo se vuelve un poco volátil, como si flotaran en un espacio con miedos y certezas.
La habitación de al lado habla de manera transparente sobre la dignidad de optar por una muerte elegida, de la aceptación propia y ajena de esa decisión y de la importancia de la compañía cuando todo se acaba. Todo ello con austeridad, sobriedad formal y huyendo de sentimentalismos. La película también está interesada por nuestro mundo y sus problemas mediante diálogos cargados de discurso, especialmente en boca del personaje de Damian, interpretado por John Turturro, algo que en la novela era demasiado obvio y a lo que la autora dedicaba mucho espacio e importancia y que en la traslación a imágenes Almodóvar ha intentado aligerar, pero termina siendo una enumeración de problemas a los que nuestra sociedad se enfrenta y en la que el director parece dar su opinión para seguir resultando relevante y actual. Es evidente que resulta algo acusado, pero no como algo problemático, ya que creo que la inclusión de lo que preocupa a Almodóvar está mejor insertada mediante este personaje de lo que resultaba la parte política de su anterior película, Madres paralelas, que intentaba un engranaje mucho más complicado que a veces se perdía en diálogos que parecían sacados de titulares de periódico. También habla de soledad, mediante unas protagonistas que vuelven a conectar después de muchos años, precisamente cuando el tiempo apremia. Esa urgencia sorprendentemente se convierte en serenidad, aunque la melancolía se mezcle con la resignación y la valentía con la posibilidad de poder elegir el final. Muestra muy bien la inquietud de la espera y, aunque quizá la película esté desprovista de la emoción que el tema parece requerir, en mi opinión expone muy bien el limbo temporal que convierte esa angustia en bálsamo. Convierte las referencias, libros y películas en el mejor de los planes, la mejor de las conversaciones. Así, durante el visionado, aceptas esa profundidad tan reflexiva y densa como algo ligero y sanador.
Hay un extraño misterio en sus imágenes que bebe directamente de los maestros. Es imposible no pensar en Vértigo de Hitchcock, con la imagen de Ingrid a través de ventanales, como un espectro, o en Persona de Bergman, aunque es una comparación bastante obvia si pensamos en dos mujeres solas en una casa alejada de todo, y mirando hacia su propia filmografía, la imagen fantasmal de la Irene de Carmen Maura en Volver, aquí se torna transparente, tal y como Julieta Serrano le decía a Antonio Banderas, su hijo en la ficción e inolvidable como Salvador Mallo en Dolor y gloria, cuando le contaba una ensoñación donde se le aparecía una vecina y de la que ella, sabiéndola muerta, solo la notaba distinta porque «se transparentaba un poco». O esa visita final que no es conveniente desvelar porque en ella se establece un reflejo de espejismos que devuelve imágenes para jugar con el espectador. Para ello hace uso de dos actrices excelentes: Julianne Moore, en el personaje más accesible y empático, que además es el que más arco dramático tiene durante la narración, ya que su Ingrid recorre un viaje mayor que el de Martha, la otra protagonista, encarnada por una Tilda Swinton que tiene algunos de los mejores momentos de la película. Cuando la película se centra en su relación, se eleva, alcanzando su mejor versión. Las personalidades de Martha e Ingrid son distintas, tienen ritmos vitales que funcionan como antítesis forzadas a convivir por elección personal.

En el Almodóvar de La habitación de al lado, hay una obcecación pictórica que se refleja en la dirección de arte y en la búsqueda de planos que se inspiran en cuadros. También recurre a imágenes que dialogan con su propio cine, para los seguidores del director es un disfrute volver a las hamacas donde se toma el sol como las pacientes en coma de Hable con ella, ver a Tilda Swinton regando las plantas de su terraza como lo hacía Pepa en su ático en Mujeres al borde de un ataque de nervios, o escuchar frases que nos retrotraen a otros momentos, como cuando se habla de la desconexión entre Martha y su hija, como la frialdad que separaba a Julieta y a Antía, o cuando dice que cree podrían «haberle cambiado a su hija al nacer», argumento de otra de sus películas. Esas rimas están emparentadas con el uso de las referencias, esas muñecas rusas siguen revelando otro pequeño rincón que explorar y eso es algo que da a La habitación de al lado capas y algunos de sus momentos más disfrutables.
Quizá el elemento que da sentido a todo en el film es externo, el homenaje a Dublineses de John Huston, película que el director americano rodó en silla de ruedas y con mascarilla de oxígeno y que estaba basada en un texto de James Joyce. La inspiración de Huston, surge del texto del autor irlandés y dio lugar a una película magnífica que aquí aparece en tres momentos cumbre. El momento más sincero de un Almodóvar que se rodea de cine para expresarse y que evidencia su talento con la belleza con la que acomete su utilización como sólo puede hacerlo un maestro. En la película, el rojo de unos labios recién pintados significa un acto de rebeldía vital y de arrojo que sabe a desenlace, y la nieve transmuta de fulgor rosa helado que cae lentamente a colofón que cubre y adormece el dolor para encontrar la paz.
CHEMA LÓPEZ.
