
Qué nos lleva a encerrarnos en nuestras propias obsesiones, esas que nos acercan a nosotros mismos e irremediablemente nos alejan de lo demás. Alguien se acerca a la gracia cuando se ha olvidado de sí y está fagocitado por su propia Salamanca. Cuando el espectador se acerca a ver La estrella azul no sabe a lo que se va a enfrentar. Está bien que sea así, para que la sorpresa sea más efectiva y los rincones deshabitados tomen su propia forma y quien está viéndola se expanda para ocupar esos espacios que creía abandonados.
La estrella azul es la ópera prima de Javier Macipe, de quién habíamos visto cortometrajes con ingenio y conciencia de clase como Gastos incluidos o más cercanos a un estilo casi documental, como Os Meninos do Rio, una manera de hacer que resulta transversal en este primer largo.

Cuando decía que el espectador no sabe a lo que enfrentarse cuando comienza el visionado ocurre por varias razones: es un falso documental de un músico del que la mayoría no conocíamos su existencia, es un biopic de una estrella anónima y es un acercamiento etnográfico a la cultura musical argentina y latinoamericana, riquísima e identitaria, que está alejada de lo que entendemos por música latina comercial. Una aproximación al folclore que rodea a la obra de Atahualpa Yupanqui, estirando y achicando el tiempo mediante viajes en autobús y paradas sanadoras.
Es todo ello y más, porque comienza con una declaración de intenciones rotunda rompiendo la cuarta pared con una página de guion e introduciéndonos de lleno en los escenarios rock de la Zaragoza de los años 90 y acaba con otros mecanismos formales donde el proceso se siente parte del todo y uno ya está tan dentro que cree formar parte de ese viaje. Cuando entramos en esos conciertos donde el humo del tabaco llenaba el ambiente de los bares y las canciones hablaban de manera nítida sobre el rock and roll y gente solitaria, estamos aún extrañados por sentir que la película está alejada de discursos y modas actuales. La soledad, las drogas, el amor… Son los temas de siempre que ahora en los 90 españoles resonaban entre melodías que pretendían ser secas y ruidosas y que declamaban un sentimentalismo oculto en el apego masculino por el hermetismo, y que pretendían sonar nuevos (cada generación lo intenta) tras los años de la pretendida ligereza de la movida ochentera, que a su vez había significado un rupturismo con el universo pop de los años sesenta y setenta del que en España había brotado un universo exponencial de estrellas y baladas sentimentales y coplas de tardofolclóricas que la nueva década estaba condenando al olvido de manera acelerada para comenzar a admirar otros horizontes: el bakalao que se escuchaba en su propia ruta, el rock noventero del que el máximo representante de la época eran los también zaragozanos Héroes del silencio (atención al running gag); y más al final de la década: el indie español y la música de cantautor, que empezaban a convivir con el surgimiento de las divas pop eurodance (con sus propios códigos y discursos) y la música latina comercial que en el nuevo siglo se instalaría de manera definitiva en las listas de éxito de nuestro país. Porque ese devenir no se agota nunca, en La estrella azul se detiene para escuchar al alrededor y al mundo interior y Macipe siempre encuentra una nueva manera en la que bucear sobre el tema que ha vampirizado al protagonista y a su propia existencia.

En ese contexto se rescata la figura de Mauricio Aznar Müller, líder de la banda Más Birras, de la que se recuerda la versión que el grupo de Enrique Bunbury hizo de su canción Apuesta por el rock’n’roll. Un protagonista amargo, con el que Macipe no pretende caer bien a la audiencia sino introducirte en su propio ánimo. Está en un proceso de desencantamiento de su vida, con una ex que se aparece en cada concierto como un espectro, como una sombra de evasión tóxica, una vida real representada por un amor canónico a la que se pretende anclar, de lo cual es incapaz y una huida.
Un viaje hacia el silencio que aturde su mente, y a Latinoamérica como símbolo de aquella música que le emocionaba de pequeño, que le servía de bálsamo y vía de escape, tan ajena e íntima que confunde lo propio con lo externo. Un fragmento tan vívido que resulta orgánico, a pesar de ser una película que se siente muy pensada, un artefacto que juega con elementos artificiosos, y que consigue una naturalidad que parece milagrosa. Cada baile, cada mirada y cada punteo de la guitarra, esperando a que el compás se relaje y se sienta verdadero es un repicar de la verdadera intención de La estrella azul, conectar con cada latido de la música como si el tempo interno del metraje extraiga el momento vital de su protagonista. Para ello, Pepe Lorente resulta imprescindible junto al propio mecanismo del film, midiendo cada movimiento, pero ocupando el espacio de manera natural, y sin pretenderlo demasiado fuerte, resulta insoportable, simpático, atractivo, magnético y triste, una interpretación tan poliédrica como el personaje al que representa.

Como colofón encontramos una reflexión del fracaso en términos vitales y de la condena de las personas a la sensibilidad, a sentirse fuera del rebaño y a alimentar ese fuera de lugar con sustancias y momentos de liberación, euforia y caos que terminan doliendo más que la propia rareza.
Es un film que resulta único, y que no se parece a biopics americanos sobre estrellas de la música, que no tiene la misma ambición de contentar a un público sediento de detalles sobre sus artistas favoritos y del que las raíces, de aquí y de allá serían lo más parecido a sus intenciones. Quizá la Habana Blues de Benito Zambrano tuviera algo de esa catársis personal de poner en imágenes su propia visión sobre dejarse contagiar por la música de un lugar, aunque la narración de aquella estuviera menos lograda, tenía una estupenda banda sonora y toda la parte que ocurría en Cuba tenía mucho encanto, pero aquí el artilugio narrativo resulta más honesto y sincero, casi fantasmal.

Ganó el premio de la Juventud en el Festival de San Sebastián y llegó a nuestra cartelera hace un par de semanas para conquistar a cada espectador que se acerque a verla, no hay duda de que la gracia, esa que es bendecida y maldita al mismo tiempo, va a emocionar hasta convertirse en uno de los títulos imperecederos del cine español de este 2024. Esperemos que resista para que las copas de anís a destiempo no sean el caudal de la tristeza y para que la luz siga danzando en movimientos circulares brindando por la propia existencia de esta película.
CHEMA LÓPEZ.
