Entrevista Juan Carlos Gallardo – Cutrecon 13

Allá por finales de febrero de 2022 se celebraba la XI edición de la Cutrecon. Era la primera vez que el festival incluía una sección oficial competitiva. Casi todas las que formaban parte de esa competencia se proyectaron en una misma jornada, que empezó a primera hora de la tarde con un film llamado ¡Maldición! He vuelto a cambiar (2022). Como siempre hago, fui a esa sesión sabiendo lo menos posible sobre la película que iba a ver. Y lo que vi fue algo que no se parecía a nada de lo que había visto en mi vida. No éramos muchos los asistentes a aquella proyección, pero a todos nos voló la cabeza aquella película que iba más allá de cualquier etiqueta. Cine de bajo presupuesto, cine cutre, cine de serie b…cualquiera de ellas se queda cortísima ante lo que hace Juan Carlos Gallardo, que presentaba en esta 13º edición de la Cutrecon Nunca digas mi nombre (2023).

El director barcelonés ya se había hecho un nombre en el underground catalán, pero desde aquella tarde de febrero también se lo hizo en Madrid. Sus películas no es que sean “bastante baratas”, como él nos dice, va más allá de eso. Los presupuestos de sus largometrajes se mueven entre los 250 y los 300 euros. Sí, sí, habéis leído bien. Este año hará el número 13 en 15 años. El director nos cuenta cómo comenzó todo: “Empiezo a hacer cine con 18 años, cuando mi padre me regaló una cámara de vídeo doméstica. Para mí era como un juguete y empecé haciendo cortos con 18 años”.

Pero su pasión por el cine empieza ya desde antes: “A mí el cine siempre me ha gustado. De pequeñito iba mucho a las proyecciones del colegio. Me enamoré de las cámaras muy pronto, cuando veo las primeras cámaras domésticas de los años 70”. Esa pasión por el cine se nota en sus películas. Todas ellas desprenden ese amor incondicional y absoluto. Y Gallardo nos demuestra que no hace falta dinero para filmar. Gran parte de su encanto reside en esa absoluta escasez de medios. Es inevitable preguntarse, ¿si tuviera más presupuesto, las haría de forma distinta? Y aunque reconoce que “el presupuesto lo cambia todo: la puesta en escena, la producción, la cámara…”, también nos dice que “no cambiaría prácticamente nada”. Y no tendría mucho sentido que lo hiciera, porque sus películas funcionan gracias a esa frescura, esa inocencia y esa falta de pretensiones.

Su cine es tan kamikaze que con un día de rodaje tiene más que suficiente: “Suelo rodar siempre en un día, porque el montaje es bastante laborioso. Así que reduzco el tiempo de rodaje lo máximo que pueda, y suele ser un día. Mañana y tarde, no llega a las 24 horas”. En cuanto al guion, usa un método mixto: “Tengo un guion definitivo, aunque trabajo también con un 50% de improvisación, dejo esa ventana abierta”. Pero, como decimos, ese es uno de los principales secretos de su cine. Sí, es consciente de sus limitaciones, pero también es lo suficientemente inocente y puro como para tener ese encanto, esa magia tan difícil de conseguir: ”Cuando ruedas con pocos medios, te das cuenta de que tienes un material muy fresco y auténtico. Todo viene de esa cohesión de película de baratillo o low cost. Son términos que me interesan, porque me encanta que suene fresco, y que sea como una ensalada. Para mí hacer películas es echar muchos ingredientes y que me salga lo más auténtica posible”.

Nunca digas mi nombre tiene un inicio absolutamente maravilloso. El director se introduce en el mundo de los dibujos «no-animados», a través de personajes dibujados en cartulinas. Un recurso que usa por primera vez. “Mi idea era hacer una película de Barrio Sésamo, pero no cubría para un largo. Luego pensé en el efecto de Jim Henson en la cultura popular y también en autores clásicos, como Lewis Carroll o Poe, que le iban muy bien a nivel rocambolesco para la historia. Es una combinación de Jim Henson y el universo de Alicia”. Hemos hablado mucho de la frescura que hay en su cine, y en esta película hay un elemento más que aporta esa espontaneidad. Son canciones improvisadas, las típicas que cantas con tus sobrinos y te vas inventando sobre la marcha. “Sí, eran un poco improvisadas. Lo busqué así, porque resultaba más auténtico. Yo no entiendo de música, así que de esta forma sonaba más natural, más directa. Que se note que es improvisada, así tiene más encanto y es mucho más divertida”.

En cuanto a sus referencias, Gallardo nos habla de varias y diversas: “Las películas infantiles de Mortadelo y Filemón. El cine de Juan Piquer Simón y de Tarantino. También me gusta muchísimo Antonio Isasi Isasmendi, me encanta el cine de acción de los 70. O el cine fantástico y ciencia-ficción setentero y ochentero. De los directores actuales me gusta mucho Yorgos Lanthimos, me parece brutal. Y Paul Thomas Anderson…”. Y ya que nos demuestra que se pueden hacer películas con unos pocos euros, quisimos preguntarle por consejos para aquellos que quieran seguir sus pasos: “Cuando me preguntan sobre cómo aprender cine, antes que cualquier escuela, recomiendo el propio cine. Creo que la mejor escuela son las películas, porque puedes tomar datos y crear tus propias ideas y convertirlas en películas”.

Personalmente, la proyección de Nunca digas mi nombre fue la experiencia más satisfactoria de esta Cutrecon. Y es que el cine de Gallardo le da otra vuelta de tuerca al concepto «experimental». Y, sobre todo, fue la película que más me divirtió de todas las proyectadas. Que, al final, de eso se trata. Desde aquel febrero de 2022 el nombre de Gallardo es coreado en la Cutrecon por sus fans, entregados por completo a una forma tan pura de hacer cine.

MANUEL BARRERO IGLESIAS

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