Extraña forma de vida.

Si las sábanas de una cama deshecha fueran capaces de borrar los recuerdos del deseo al estirarlas al día siguiente, se podría ocultar el amor perdido. Ese que solo se desvanece momentáneamente cuando la obligación apremia, cuando la deriva de la vida no deja ver más allá del horizonte, aquel que dibuja una sonrisa cuando se rememora el encuentro fugaz y el único que es imposible olvidar.
Porque casi todo se olvida, quizá todo menos lo que no se tuvo. Quizá las películas sean eternas porque cuentan historias que no se pueden completar. El final, es la única pista de lo que desconoceremos. Hay posos que dejan de doler, pero cuando el poso es más poderoso que el contenido no se puede limpiar, al igual que la cama recién hecha no pudo anular el olor de la despedida.
Almodóvar tenía una cuenta pendiente con el western. Un género al que ha dedicado admiración en muchas entrevistas y al que no había acudido antes por foránea lejanía. Incluso se le propuso que se hiciera cargo de Brokeback Mountain, un proyecto que se basaba en un cuento de Annie Proulx y que asumió Ang Lee, con un resultado perfecto, el resto es historia del cine. Aquel no era un western en sí mismo, más bien era un drama romántico al que la distancia que separaba al director taiwanés del terreno vedado le venía estupendamente. La novedad era acorde, y era posible por esa sequedad y la contención arrebatada que mezclaba con maestría el forastero cineasta. Y esos eran ingredientes que casaban muy bien con el lenguaje del improbable western y con el romanticismo de lo prohibido, de lo quimérico de los dos amantes que cuidaban aquel rebaño de ovejas. Almodóvar siempre dijo que hubiera desprovisto de ese romanticismo al relato, y que lo hubiera cubierto con instinto salvaje, de sexo animal entre dos hombres solos que encuentran en ese refugio carnal otra forma de relacionarse con la soledad de aquella montaña. Pero ese Almodóvar era otro.

Es curioso que esa cuenta pendiente, ahora materializada en forma de mediometraje sea tan sugerente y tan poco gráfica al respecto, dice el director que es porque en su filmografía ya ha rendido cuenta sobre la pasión más palpable, y que encuentra en el clasicismo del cine negro de los cincuenta más sensualidad que en los desnudos crudos del nuevo cine americano de a partir de los setenta.
Hay dos cuestiones de Extraña forma de vida que despiertan prejuicios antes del visionado. Quizá la primera y más evidente sea el nombre de Anthony Vaccarello y de Ives Saint Laurent, como artífices de la producción, y que junto a El Deseo (productora de los Almodóvar) han presentado el mediometraje en el reciente Festival de Cannes. La alerta de encargo, o de encontrarnos un anuncio largo y carísimo está presente cuando empiezan los fotogramas. La otra es la destreza del director por extender su marca, en general siempre ha sido muy hábil con el márketing, un buen ejemplo sería su último libro de relatos, y a ello hay que sumar su fascinación por la moda y la plasticidad de la imagen. Todo esto marca el punto de partida que el espectador conocedor de estos detalles tiene a la hora de disponerse a ver el último trabajo del director. Al mismo tiempo, se entiende que hay una coherencia total entre la obra y el personaje, el branding y el arte. No hay nada más pop que el impacto visual. Y no nos engañemos, algo de eso hay, pero también se observa una intención natural por rendir un homenaje a ese género que ama y la capacidad maestra de la apropiación del mismo para llevarlo a su propio universo. Un mundo del que Almodóvar ya no puede despegarse un ápice y que ahora es menos natural, menos poblado de personas y más cercano a la ficción como religión, como fuente total de inspiración y en el que los personajes hablan con diálogos pomposos y extremos, hablan como sólo lo harían en una película de Almodóvar. Seguramente eso sea autoría con todas las letras, determinación y oficio.

Reconozco que aún entendiendo todo el artilugio que se desplegaba en La voz humana, el anterior corto del director también en inglés y protagonizado por Tilda Swinton, siempre sentí que había algo de capricho en que existiera el enésimo acercamiento de Almodóvar al texto de Cocteau, y admito que su densidad de alguna manera me expulsó, lo disfruté como una pieza de cámara fría y racional. Aquí también siento el capricho, pero en el fondo de Extraña forma de vida hay una intensidad difícil de apagar. Por supuesto hay constantes inevitables, el playback de la canción del título cantada por Caetano Veloso, ese flashback que funciona mejor de lo que preveía y soluciones narrativas demasiado dialogadas, pero hay llama.
Está rodado en inglés, como no podía ser de otra manera, está protagonizado por Ethan Hawke y Pedro Pascal y me gusta su precisión argumental y su concisión. Su amaneramiento y su voluntad queer, que incluso parece pertinente. No se me ocurre a nadie mejor que él para hacerlo y en un tiempo donde ciertas voces conservadoras se alzaron en contra de que una mujer, concretamente Jane Campion, fuera la autora de esa obra maestra que es El poder del perro, por su manera de desarmar la figura masculina del personaje protagonista, alegando una supuesta falta de entendimiento del contexto y del género, no hay nada más conveniente que seguir adelante en ese rupturismo. Otras miradas como las de Chloé Zhao en The Rider o Kelly Reichardt en Meek’s Cutoff o First Cow han dado como resultado espléndidas películas.

En el caso de Extraña forma de vida la belleza, marca de la casa, está presente y no molesta, pero me interesa más su fondo. Acompañan muy bien la exquisita música de Alberto Iglesias, la dedicadísima dirección de actores con un Ethan Hawke magnífico y un Pedro Pascal al que no puedes dejar de mirar. Pero lo que realmente me absorbe es la deconstrucción de la masculinidad sin renunciar al lenguaje conveniente, los escuetos y maravillosos planos que definen otros modelos de deseo masculino sin mostrar apenas nada, pero revelando el cuidado como ancla del amor. Hacer la comida a alguien, compartir la ropa interior o proteger al herido son las señas del recodo de la pasión (como en el espléndido tercer capítulo de The Last Of Us). Aquí no hay dos vaqueros sexualizados, pero sí dos hombres que aman y se reprochan cuestiones con el sudor y un ardor recalcitrante, hay inmediatez y pulsión pero también profundidad y perspectiva. Asimismo en la calma no saben encontrarse y fiel al cánon, Almodóvar reviste el melodrama con duelos, trasuntos criminales, y soluciones extremas para hablar simplemente de amor. De ese amor recordado y quizá inviable que Salvador Mallo (con su dolor de espalda a cuestas) sentía por su antiguo amante, el de dos señores maduros que saben que la plenitud vital está más cerca de la serenidad que de la felicidad. La oportunidad es la incógnita.
Por eso se hace corto, da la sensación de que daba para más y la espina ya está extraída de la piel pero sabe a poco o quizá te deja con ganas de más, de saber más de Silva y Jake, no hay nada más perdurable que el enigma de lo que no llegamos a saber nunca.
CHEMA LÓPEZ.

Qué gustazo leer esta crítia Chemita 👏👏
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Gracias Óscar!
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